Conocí a Paul Auster por error
Pudo haber sido en el año 2012, aunque también en el 2013, en el patio de la Facultad de Psicología, cuando unas chicas hablaban de un libro rojo, y comentaban que les había gustado o que no les había gustado. No recuerdo con precisión, ahora, qué decían, pero lo cierto es que la idea de un libro que imaginé de tapa roja quedó impresa en mi memoria.
Días posteriores fui a mi librería amiga de ese entonces, que estaba atendida por un señor simpático, quien me acercaba una escalera para que pudiera acceder a los libros de los estantes más altos. A veces, el señor se ponía a hablar por teléfono en el fondo y me dejaba sola, en lo alto. Otra vez me dijo: “Nena, tengo que ir al kiosco, cuidame el boliche un segundo”, y así yo cumplí mi sueño de convertirme en librera, porque ese segundo se transformó en quince minutos, que es el tiempo suficiente para la consagración. Y por eso estoy segura de que debe haber sido ahí, en alguna de esas cosechas en las alturas, que apareció El cuaderno rojo de Paul Auster. Lo vi y me acordé de las chicas en el patio de la Facultad de Psicología y decidí que debía tratarse de ese libro. No era de color rojo, pero entendí que el error había sido mío por comprender mal las cosas. Me lo llevé.
¿En qué momento me enteré de la existencia de El libro rojo de Carl Jung? No lo sé, pero sí recuerdo que cuando supe de él, todo entendí. Las probabilidades de que unas chicas en el patio de la Facultad de Psicología estuvieran hablando del libro de Jung eran ampliamente mayores que las de que estuvieran hablando de El cuaderno rojo de Auster. El error siempre estuvo de mi lado. El problema siempre fue mío por estar en Psicología pensando en Literatura.
El Cuaderno rojo de Paul Auster permaneció cerrado por más de 10 años, atravesó mudanzas, cambios de bibliotecas y se salvó de la inundación de abril del 2014. Quizás apenas lo hojeé, pero rápidamente pasó al olvido. También me mudé de ciudad y atrás quedaron: la librería del señor, el señor, mi oficio de quince minutos como librera, las chicas del patio de la Facultad de Psicología y la Facultad de Psicología.
Año 2015, encuentro Brooklyn Follies en el puesto de libros usados. Me lo llevo y lo leo por hambre, creo que me gusta, pero resuelvo que no me gusta. Hasta acá llegaste, Paul Auster.
Año 2024, ya quedan pocos libros de la sección de crítica literaria de la Biblioteca que no haya retirado y que me interese leer. Pongo la mano sobre Experimentos con la verdad y comprendo que es momento de darle una nueva oportunidad a Auster. Ahora que está muerto, me digo en chiste, capaz que me gusta.
Lo abro y me encuentro con que el libro se divide en tres secciones, y que la primera, que se llama igual que el libro, está compuesta por El cuaderno rojo y una serie de textos que lo componen. Ignoro ésto y comienzo a leerlo. Me encuentro con una serie de relatos cortos cuyo denominador común es la casualidad y la contingencia. Narra, por ejemplo, la historia de una amiga suya y las circunstancias previas al nacimiento de sus dos hijos. En el caso del primero, se encontraba ella mirando la película Historia de una monja cuando, a la mitad, comienza con contracciones y finalmente da a luz. Tres años después, embarazada del segundo hijo, se coloca en el sillón, enciende la televisión y encuentra Historia de una monja ya empezada, exactamente en la parte que tuvo que abandonarla la vez anterior. Pudo verla hasta el final y minutos después, nace su segundo hijo.
Otro relato es el que tiene como protagonista al propio Auster, de unos ocho años, viendo un partido de baloncesto. Terminado el mismo se cruza con el jugador más importante y se acerca para pedirle un autógrafo, pero se da cuenta de que no lleva consigo ninguna lapicera. El jugador le dice que entonces no puede firmarle el autógrafo. Dice, Auster, que a partir de ese día nunca más salió de su casa sin una lapicera en el bolsillo y, agrega también, que así es como explica que se hizo escritor.
Por el nexo “casual” que hice entre Auster y Jung, es que me resulta ahora necesario contar que Jung escribió sobre estas “Coincidencias” que obsesionaban a Auster. Él llamó a esto “Sincronicidad”, definiéndola como “La simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de una manera acausal”, y que guardan, para el sujeto que las vivencia, un significado profundo, aunque no necesariamente susceptible de revelarse.
Creo que esto último es lo que caracteriza a la literatura de Auster: la búsqueda de un significado profundo en esos eventos. Aunque en sus relatos no se ocupe de indagar allí, sino en narrar solamente los hechos y sus sucedáneos casuales, es la insistencia en contarlos la que parecería indicar que se quiere encontrar alguna explicación.
Termino de leer los relatos de El cuaderno rojo y emprendo la búsqueda de mi ejemplar, el que coseché en lo alto de la librería del viejo simpático. Lo encuentro demasiado rápido porque siempre supe donde estaba, siempre lo guardé en el mismo lugar de la biblioteca. Lo leo una vez más, porque esta vez lo puedo subrayar.
Reparo así en el relato que quizás sea el que dio origen a todo, el que hizo de Paul Auster el tipo de escritor que es. A los catorce años se fue de campamento, como cada año desde hacía tres, con sus amigos, y estando allí emprenden una excursión por el bosque. Entonces, se pone a llover, luego empiezan los relámpagos y, más tarde, los truenos y los rayos. Es así que uno de esos rayos alcanza a Ralph, el más tranquilo de todos, y el que más próximo se encontraba a Paul en ese momento. Ralph muere y Paul comprende que para él la vida nunca volvería a ser lo mismo. “Uno o dos segundos después, me habría tocado a mí”.
Justo Navarro, traductor de estos relatos, a propósito de ese evento, dice: “Una vez Paul Auster fue de excursión al bosque y encontró el idioma al que mucho más tarde trataría de traducir el mundo, el mundo cómico y aterrador: encontró el idioma del azar, el idioma de la casualidad y las coincidencias, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino…”
Comprendo así de qué va el universo austeriano y resuelvo que no me gusta, sino que me encanta. Comprendo, también, que toda esta confusión de El libro rojo y El cuaderno rojo es coherente con este universo. Comprendo, de este mismo modo, que esta historia guarda un significado profundo para mí.
Empiezo a leer, ahora, La invención de la soledad.
Me encantó este relato!! Qué gran escritora es usted Ma. EUGENIA !
ResponderEliminarGracias! No se quién sos, pero seguro sos mi papá jajaja
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