Escritos ya no inocentes
Escritos ya no inocentes
(Sobre escritos inocentes de Griselda Gambaro)
Sin prólogo, sin nota de la autora, Escritos inocentes empieza de golpe. Lo primero que se puede decir es que Gambaro escribe los textos que componen el libro sin pensar en una futura publicación. La inocencia está dada por eso: por la frescura con la que se piensa y registra cosas en lo íntimo, sin concebir siquiera la posibilidad de que alguna vez vean la luz. Tienen la espontaneidad de alguien que está solo, en su casa, o donde sea, leyendo, escribiendo y pensando. El libro es entonces el resultado en que terminó convirtiéndose ese cuaderno -o esos cuadernos- que la autora siempre tuvo -o tiene- en mano mientras leía y escribía otras cosas, en otros lados. Es así un cuaderno auxiliar -o más bien un auxilio- donde Gambaro se apoyaba para pensar y entender, haciendo un uso primitivo de la escritura: el de servir como extensión de la memoria. Escribir en ese cuaderno es vaciar la memoria dejando, a su vez, constancia de lo leído y de lo vivido, indiferenciados a veces.
En una entrevista el poeta argentino Osvaldo Bossi dice que para escribir hay que estar en un estado permanente de inocencia y de olvido. Creo que de eso se trata este libro de Gambaro: de escribir libre, por fin, y escribir para eso inevitable, el olvido.
Podría decirse que se trata de los diarios de la escritora -diario íntimo, diario de lectura-, aunque prescinden de uno de los rasgos más característicos del género: estar fechados. Hay un único escrito bajo su fecha: “5 de agosto. Hoy podé las santarritas, un poco tarde”. Luego, en esa entrada, comenta que releyó unos diálogos que escribió pero que no han logrado convencerla. Habla de la imagen de un hombre en camisón que se le aparecía con insistencia. Más abajo dice que ese hombre fue finalmente el personaje principal de su libro Es necesario entender un poco. Esto es también lo que se hace en los diarios: anotar ideas e imágenes que luego podrán convertirse en otras grandes ideas, en argumentos, así como también en futuros personajes. Sin embargo, la ausencia de fechas vuelve más difusa la temporalidad de estos textos y los acerca menos al diario como género y más a una suerte de cuaderno de trabajo.
Además de la cuestión de lo íntimo, nada tienen de inocentes esos escritos. El que da inicio al libro es una crítica -bastante despiadada y más bien pasional- al artículo El poeta y el poetista de Alfred de Musset, del cual dice que “comete muchos errores de apreciación”. En ese mismo sentido escribe que Respiración artificial de Ricardo Piglia abusa de repeticiones y de bastardillas, y que su uso provoca un efecto indeseable: explicarle demasiado a los lectores. Más adelante registra que leyó un elogio de José Saramago a ese libro de Piglia y se pregunta si es posible que ella no pueda entrar en esa novela; entonces decide que debe intentarlo otra vez.
Lo que queda claro es que en Escritos inocentes hay ideas firmes, pero no pensamientos acabados, porque todo puede transformarse en otra cosa. Los textos conservan la intensidad del presente y la espontaneidad de una primera impresión, pero el paso del tiempo los resignifica. Cuando se vuelve a ellos aparecen con otro sentido: el de ser un verdadero registro de experiencia. Uno de los fragmentos más notables del libro dice:
“Tardo en pensar. Sí, mucho me hubiera gustado un pensamiento veloz y no esta manera que me tocó en suerte, de recorridos lentos, funcionando por agregados, rectificaciones, dudas. A veces termino hoy lo que empecé a pensar veinte años antes. Y nunca sé si mañana, con la casa terminada, lista para habitar, no abriré huecos en sus paredes ‘a la costumbre de la duda’ para romper el engreimiento y la serenidad de lo seguro”.
La dieta de la autora es variada: Úrsula Le Guin, Doris Lessing, Olive Schreiner, Gustave Flaubert, Pier Paolo Pasolini, León Tolstói, Eduardo Mallea, Enrique Santos Discépolo y Jorge Luis Borges, pero su insistencia está en Natalia Ginzburg, Henry James, Djuna Barnes y Raúl Gustavo Aguirre. Sobre todos ellos se detiene con una minuciosidad exclusiva: critica sus libros, los elogia; se permite pausar el mundo para observar cómo escriben y cómo piensan la literatura. Actúa como una verdadera crítica literaria, ejerciendo un derecho que le corresponde antes que por ser escritora, por ser lectora. En ese ejercicio se revela, quizás sin proponérselo, su propio modo de pensar y hacer ficción. El libro registra algo poco frecuente: la formación permanente de una escritora ya "consagrada", que continúa leyendo, dudando y aprendiendo.
Estos escritos no son inocentes porque no puedan dañar o polemizar. No lo son porque la intención de hacerlo no estaba allí, al menos en su origen. Fueron escritos sin un destinatario futuro, sin la expectativa de intervenir en discusiones literarias o de fijar una posición pública. Pero la publicación modifica inevitablemente su condición.
En alguna oportunidad Griselda Gambaro dijo: “La razón profunda del libro es que cualquier escritor percibe el mundo para escribirlo. Son textos que obedecen a mi propia satisfacción, a mi intento de escribirlo todo”.
Quizás por eso estos escritos ya no sean inocentes. Al publicarse pierden la privacidad que les dio origen y adquieren una nueva condición: la de testimonio. Lo que nació como ayuda memoria, como conversación consigo misma, como pura obediencia pulsional, se transforma para nosotros en el registro de una experiencia de lectura, de pensamiento y de escritura. Allí donde Gambaro intentaba simplemente escribirlo todo, termina dejando entrever, también, una poética.


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