EL POLACO: La vida de Roberto Goyeneche
Si a Julio Sosa se lo llama “El varón del tango” por
cantar estrofas tales como “porque el
tango es macho, porque el tango es fuerte” o “tome nota la gilada que hoy da cátedra un varón”, a Goyeneche se
lo considera el cantor de lo sensible, con su característico fraseo y la
correcta acentuación de cada palabra. Esto último, según él, no era una
cuestión de estilo sino una manera de respetar al poeta que escribió la letra.
Reconocido como el que amó a sus grandes maestros y amigos, principalmente a
Aníbal “Pichuco” Troilo, pero también al Paya Díaz (quien le puso el apodo de
Polaco por sus cabellos rubios), a Homero Expósito, "el mejor poeta del mundo", y a Astor Piazzolla; ese
hombre a quien Dios, palabras de Goyeneche, lo trajo al mundo para que le saque
las orejas de burro a la gente y le ponga, en su lugar, membranas auditivas. El
amor por el tango y por sus amigos es indisociable porque el Polaco no era el
mismo cantando Malevaje (tango que no le gustaba por el nombre) que entonando
las estrofas que elogiaban a su más grande monstruo, Pichuco. “Recuerde, sueñe y viva, gordo lindo. Amado
por nosotros, por nosotros”, letra de Horacio Ferrer o “Le sobra tanto amor que rompe los bolsillos” escrita por Homero
Expósito. Este afecto por el bandoneonista también lo expresó incansablemente fuera
del escenario, bastaba nombrárselo para que se emocionara hasta las lágrimas.
Fueron tantos los años que el Polaco cantó para su orquesta que en más de una
ocasión, con Troilo ya fallecido, aseguró sentir a su amigo detrás suyo mientras
cantaba en el escenario, a su voz y a sus “quejas
de bandoneón”. En la brillante entrevista que Antonio Carrizo le hizo a
Roberto Goyeneche (no tengo el año preciso, pero se puede encontrar en YouTube divida en 4 partes), éste
expresó algo que repetiría luego en otras notas que brindó y también en su
actuación en la película Sur (1988) de Pino Solanas; que no le perdonaba a
Aníbal Troilo que se haya muerto. Categórico y dolido, como un niño que no
acepta la negativa de un padre de concederle tal o cual capricho. En esta
biografía, escrita en 1996, dos años después de la muerte de Goyeneche y
reeditada recién en 2019 por Música Nuestra Ediciones, además de destacar la
sensibilidad del cantor de Saavedra, tanto por su manera única de interpretar
el tango como por el amor expresado a quienes lo rodearon, se ocupa también de
describirlo de una curiosa manera; como un niño. Cuán menospreciado está “lo
infantil” que llamar a un adulto de ese modo obliga a aclarar que no es un
improperio. El Polaco era un niño porque vivía su profesión con mucha emoción y
entusiasmo, porque cantar era para él como un juego que, como todo juego, tenía
reglas: llegar varias horas antes de cada función, los nervios antes de cantar,
su hesperidina antes y después del show y sus cigarrillos negros. Como un niño
que hace lo que quiere como si no existiese la muerte, aunque su salud flaquee,
o como un niño que piensa que su fin es lejano y vive cada día sin privarse de
nada. Con el coraje que sólo puede tener un niño le dijo en una función al
entonces presidente, Carlos Saúl Menem, que lo perdone, pero que él iba a
cantar lo que él quería, ya que el presidente no cesaba de pedirle que cantase
su tango preferido, Naranjo en flor.
Siguiendo con esta línea que refiere a la sensibilidad
del cantor de Saavedra y con su ser infantil que es, por supuesto, congruente
con lo primero, retomo la anécdota ocurrida durante el rodaje de la brillante y
hermosa película de Pino Solanas, Sur. Goyeneche representó el papel de Amado,
el padre del personaje de Susú Pecoraro. Cuando el protagonista, Floreal,
interpretado por Miguel Ángel Sola, regresa a su barrio con la vuelta de la
democracia, luego de haber pasado varios años de la dictadura en prisión,
comienza a recorrer las calles y encontrarse con personajes de su pasado
quienes van informándole las noticias, buenas y malas, que ocurrieron en su
ausencia. Cuando se encuentra con Amado, un integrante de ese grupo de amigos
que conformaban La mesa de los sueños, éste le comenta sobre la muerte de
Aníbal Troilo y es en este momento cuando dice la frase ya mencionada; que no
le perdona a Troilo que se haya muerto. Al terminar de decirla Goyeneche rompe
en llanto y, acto seguido, Solanas se le acercó para darle fuerzas, imagino con
una palmada en el hombro, a lo que el cantor de Saavedra respondió, con algo de
violencia, “Pará Pino, ¿no ves que estoy
llorando?”. Es cierto, ser o no
sensible no es algo que funcione a voluntad, pero permitirse serlo y exponerlo
en público sólo algunos se animan. Porque con el Polaco, por todo lo dicho,
entendemos al tango de otra manera, ya no como “macho” ni como “fuerte”
o, en todo caso, resignificando esos conceptos. Con el Polaco el tango, además,
cambió su manera de ser cantado. De ninguna manera estoy cuestionando al cantor
uruguayo, Julio Sosa, porque pienso que esa fachada de compadrito
autosuficiente es sólo eso; una fachada, una impostura. Es que el tango es
siempre (por supuesto que habrá excepciones), en entrelíneas o explícitamente,
el canto de lo que falla, del desamor, de la pérdida, de la muerte, de lo que
no puede volver y de lo que no vuelve porque nunca estuvo, porque nunca fue.
El tango “Vuelvo
al sur” fue compuesto exclusivamente para la película Sur, por Astor
Piazzolla y por el mismo director, Pino Solanas. El éxito de la película superó
las expectativas y hay una fuerte creencia de que contribuyó con el
acercamiento de los jóvenes del momento al tango. Otro éxito previo, en 1969,
que también estuvo a cargo de Astor Piazzolla y Goyeneche fue la grabación de
“Balada para un loco”, con los acordes de Astor, la voz del Polaco y la letra
de Horacio Ferrer.
“De
qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre, que en un fósforo ha visto
la tormenta crecida”, otra de las estrofas de “El gordo triste” que Goyeneche cantaba con la voz quebrada, las
manos temblorosas que tanto lo caracterizaron
y el corazón latiendo por su amigo Pichuco. Una frase que encuentro similar al
famoso “¡Barillete cósmico! ¿De qué planeta viniste?” de Víctor Hugo
Morales, refiriéndose a Maradona luego del segundo gol a Inglaterra en el
mundial de 1986. Aprovecho la analogía para preguntarme algunas cosas. Es
sabido que el fútbol y el tango desde sus avances siempre estuvieron de la
mano, lo que no es igual a decir que están a la par. Ambos representan el
barrio, los suburbios, lo popular. Me resulta llamativo la soltura con la que
se repite, casi como un dogma, que el fútbol y el tango son las dos mayores
pasiones argentinas. Mientras el fútbol está en todos lados, al tango pareciera
que hay que salir a buscarlo, rastreando desdibujadas huellas. Incluso en los
barrios porteños donde aún se conservan vestigios tangueros da la sensación de
que los eventos que realizan son un simulacro montado exclusivamente para los
turistas extranjeros, que asocian inequívocamente al país con el fervor del
tango. Como un souvenir que se llevan a su país de origen donde el tango, de
todas maneras, suele ser más que un souvenir si nos referimos, por ejemplo, a Japón
en donde es furor. En la televisión abierta argentina, por otra parte, la
difusión del tango brilla desde hace varios años por su ausencia.
Volviendo a Goyeneche (por cierto, hincha fiel y
apasionado del Club Atlético Platense) pero continuando con esto que podría
formularlo en un interrogante: ¿Qué paso? o ¿Qué pasa con el tango y con su
difusión?, me interesa destacar la postura del cantor respecto a lo nuevo que
estaba surgiendo y eso que muchos ubican como uno de los principales
responsables de la sepultura del tango; el rock. Reconocía, el Polaco, con
honesta desavenencia la proliferación del género en manos de los jóvenes del
momento y su intrínseca relación con la realidad que estaba atravesando el
país, los años de dictadura atroz, donde el rock, entonces, evidenciaba una
lógica respuesta con carácter de protesta. Al recuperar la democracia el avance
del rock se exacerbó aún más ya que lo que se anhelaba ardientemente era
terminar con ese mutismo obligatorio. La relación del Polaco con aquellos jóvenes
roqueros siempre fue buena. Dijo entristecerse cuando Charly cayó a la pileta
desde el noveno piso y le mandó fuerzas "al
bigote de dos colores" para que se recupere pronto. También dijo que
le gustaba mucho “Muchacha ojos de papel”
de Spinetta y que más de una vez se encontró tarareándola. Años atrás había
contado que le gustaban los Beatles y fue muy criticado por eso porque muchos
no entendían cómo un tanguero podía elogiar esa música. La relación que más me
interesa resaltar es la que el cantor de Saavedra (que antes de dedicarse al
tango fue chofer de colectivos, taxis y también mecánico) logró construir con
Fito Páez. Éste se acercó a la casa del Polaco porque quería que lo ayudara a
recaudar fondos para salvar la vieja casa que había sido de Aníbal Troilo.
Goyeneche aceptó rápidamente, ya que todo lo que incluyera a su amado amigo
Pichuco lo llenaba de motivación, pero también porque ese joven de pelos
ensortijados le parecía "rápido,
inteligente y muy divertido". El plan era organizar en una discoteca
de Saavedra, donde cada fin de semana se reunían jóvenes a bailar al ritmo del
rock, una serie de presentaciones musicales que se llevarían a cabo durante dos
noches. Pese que Goyeneche le dio el sí a Páez y se comprometió a cantar, por
esos días su salud no lo acompañó. El primer día del festival no se presentó.
Al segundo fue, aunque no cantó. En un momento Fito lo hizo subir al escenario
y toda la juventud exaltada le pedía al Polaco que cante. Páez hizo de
intermediario y le dijo a esa multitud que la salud del cantor no estaba nada
bien y que si querían a ese hombre tanto como él no podían permitirle que actúe
esa noche. Goyeneche y Fito, el tango y el rock, se abrazaron frente a todas
esas personas. Algo que también ocurrió en la película Sur, aunque no eran
exactamente ellos, pero sí sus álter- egos. Mientras algunos fogoneaban para
que el tango y el rock sean enemigos y eternos antagonistas, el Polaco y Fito
se abrazaron, como dos extraños, exponiendo
el conservadurismo de aquellos que ignoraban, adrede o no, la riqueza que podía
gestarse al fusionar esos dos mundos.
Algo que me parece valioso de destacar es que Fito
Páez en la actualidad, siendo ya un músico consagrado y con vasta trayectoria,
repite, creo, ese gesto de abrazar lo viejo con lo nuevo. Hace apenas unos
días, por dar apenas un ejemplo, se dio a conocer el single “Tu encanto”, la
colaboración que el músico rosarino realizó junto a Conociendo Rusia, el
proyecto de Mateo Sujatovich, un referente de la nueva generación.
Esa primera edición de 1996 de “El Polaco, la vida de Roberto Goyeneche” se agotó rápidamente de
las librerías, pero los autores Matías Longoni y Daniel Vecchiarelli, como bien
se comenta al principio del libro, ambos ocupados en su oficio de periodista,
no consideraban una reedición ya que no tenían dudas de que aparecerían otros
investigadores interesados en retomar e intensificar los estudios sobre el
cantor de Saavedra y su aporte a la cultura de Buenos Aires. Eso nunca sucedió.
Los motivos se desconocen, aunque es esperable que tengan que ver con la falta
de respuestas a las preguntas: ¿Qué pasó?, ¿Qué pasa con el tango y su
difusión? Dos décadas después de esa primera edición los autores consideraron
impostergable que sea reeditada.
Roberto Goyeneche fue el cantor de las manos
temblorosas y los golpes en el piso, el que no soportaba que las palabras se
acentúen incorrectamente al cantarlas (como cuando le preguntó a Adriana Varela
–de quien se hizo muy amigo y el respeto y la admiración era mutuo- qué era eso
de acentuar “todá”, cuando la palabra es “toda”). Fue el cantor de los puntos y las comas, como
le señaló alguna vez Pichuco (y más tarde Cacho Castaña lo usaría en el famoso
homenaje al Polaco; "Garganta con Arena"). El Polaco, “millonario en amistades”, murió el 27 de
agosto de 1994 de un paro cardiorrespiratorio, tras pasar 48 días en terapia
intensiva. Se fue sin mucho apuro, pero con la alegría de haber sido
consecuente con su pasión: la de vivir y morir por el tango.

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