Los diarios de Emilio Renzi (Ricardo Piglia) - RESEÑA
¿Qué es un escritor? ¿Por qué y cómo alguien se hace
escritor? ¿Por qué escribir un diario personal? Ante todo esto sólo una intensa
sospecha: de no haber empezado a escribir estos diarios Ricardo Piglia cree que
nunca hubiera escrito ninguna otra cosa. Empezó en 1957, a los 16 años, casi
sin darse cuenta, sin proponérselo. Por motivos políticos, hijo de padre
peronista, la familia debió mudarse de Adrogué a Mar del plata. Los muebles
listos para ser mudados y él sentándose
en una pared para registrar ese presente o, como dice, para retener imaginariamente
aquel momento interpretado como una suerte de destierro. Uno, cuando se va, ¿debe
despedirse de la gente?, ¿o sólo se saluda cuando se llega, o al que llega? Esos
fueron los asuntos que lo convocaron a escribir en ese primer cuaderno.
Hay algo llamativo que ocurre al leer, o releer, estos diarios, dice Piglia que dice Renzi, el otro, el mismo, y es que aparecen registrados hechos que no recuerda haber vivido y que por lo tanto no reconoce como propios, mientras que otros que sí están entre sus recuerdos no son siquiera mencionados en los cuadernos. Esto le hace pensar, sentir, como que ha vivido dos vidas y que, por consecuencia, su persona se desdobla en ese que recuerda haber sido y en ese otro que habita en sus diarios. Esta escisión, esta idea de ser siempre dos insiste en los tres tomos que conforman sus diarios. Una sensación de ser extraño para uno mismo, de no reconocer, incluso, al cuerpo como propio.
Ya enfermo y desde el umbral de la muerte, Ricardo Piglia relee y transcribe estos 327 cuadernos matándose a sí mismo como protagonista de esos hechos. O también podríamos decir, Piglia se mata como escritor para convertirse en lector de Emilio Renzi, al mismo tiempo que en el recopilador de estos cuadernos que poseen las vivencias de ese otro que no es: Emilio Renzi.
¿Qué tiene de interesante leer el diario personal de
un escritor? ¿Qué buscamos allí? Sospecho que ni más ni menos que los hechos
fortuitos que llevan a alguien a convertirse en escritor. Para los que
pretenden encontrar las respuestas siempre solemnes y épicas a estas preguntas,
debemos decirles lo siguiente: un escritor es, sencillamente, alguien que
escribe. Leer el diario de alguien es saber de antemano que se está ante un
escritor. Lo que sí sucede al recorrer
esos años registrados es un encuentro con actos, gestos, manías que posibilitan
pensar acerca del tipo de escritor del que se trata.
Hacerse a un lado, Ricardo Piglia, para que surja
Emilio Renzi es ya una cuestión puramente literaria y una muestra del tipo de
literatura que le interesa a Piglia.
Cabe mencionar
que Emilio Renzi (por cierto, segundo nombre y segundo apellido de Ricardo
Piglia) es un personaje que comienza a construirse a través de varios de los
cuentos y novelas centrales de la obra de este autor. Es un personaje de ficción
y podríamos decir referente de la novela policial argentina de los últimos
tiempos, detective, investigador y además escritor. Es interesante que Piglia
decida delegar su vida, sus diarios, a este personaje ficticio, lo que
significa que su vida se vuelve ficción, o mejor, que es la ficción, la
literatura, la que invade en la vida y no al revés. Es la reescritura de los
diarios la que posibilita hacer este traspaso de protagonista, porque Piglia realiza
ciertas modificaciones para asignarle esa vida a otro. Esta decisión es consecuente con una
reflexión que se constituye en los diarios: la literatura del Yo no puede ser
sino una ilusión puesto que el Yo no existe o, casi a lo Rimbaud, el yo es
siempre otro. Escribir en tercera persona “la
novela de una vida”, la suya, como un espectador, viéndose desde afuera.
Registrar
los acontecimientos de la vida propia implica hacerlo cronológicamente. Un diario
personal siempre trata de eso: anotaciones del día a día, aunque no sea de
todos y cada uno, pero sí siguiendo una sucesión, un transcurrir, podríamos
decir, de almanaque. Escribir en un
diario es registrar el presente. Todo lo que pasa, dice Renzi, ocurre en
presente. Cree que no es sino releyendo las entradas de sus cuadernos que
pueden rastrearse situaciones, manías, ideas que hacen eco e insisten y que
podrían decir algo acerca del porqué de hacerse escritor. Antes que nada, una
certeza: uno escribe porque lee. En el primer tomo, “Años de formación”, ya se aprecia la compulsión lectora de Emilio Renzi
que, sin embargo, comienza de un modo singular. A los 3 años, imitando a su
abuelo que siempre se sentaba a leer, tomó un libro azul de la biblioteca y se
sentó a hacerse el que leía para que los otros lo miren. Más de grande leyó La
peste de Albert Camus porque hablando con una chica se le ocurrió decirle que
lo había leído y ésta se lo pidió prestado. Lo leyó en una noche, lo arrugó un
poco y luego se lo entregó. Descubrió la literatura no por ese libro que, en sí,
no le produjo nada, sino por la lectura apresurada del mismo, con el fin de poder
decir algo a alguien sobre eso que ha leído. Si Elena no le hubiera pedido que
le preste ese libro no sabe qué hubiera sido de él. Es la contingencia la que
hace que uno se detenga a pensar qué otras vidas se podrían haber vivido. Como
nada está escrito; mejor ponerse a escribir, imaginar otras vidas posibles. Tenemos,
entonces, por lo menos dos situaciones que pueden establecerse como el momento
fecundo de Piglia lector. Lo que tienen en común es que ambas, tanto ese gesto
de imitar al abuelo y hacerse ver leyendo, como decir que leyó un libro cuando
no fue cierto, indican un registro del otro. Piglia defiende a la lectura como
un acto solitario, pero no se piensa impermeable a los efectos de la existencia
de los otros. Desde luego, interesa
también destacar la tan ansiada soledad para leer y escribir, al mismo tiempo
que el reconocimiento de los otros para pensar y hacer. Esconderse de sus
amigos, tapar el teléfono con una tela para no escucharlo sonar (pero que asimismo
haga parecer que no se encuentra en casa), fingir un viaje para quedarse solo escribiendo.
Así, casi humorísticamente, Piglia se defiende de las inevitables interrupciones
e interferencias. Estos momentos se encuentran principalmente en el segundo
tomo “Los años felices”, ya que es el
que reúne los años de mayor trabajo y producción como escritor, algo que de igual manera le exigía vincularse con otros escritores consagrados y de su generación,
amigos o sólo conocidos, donde surgían reflexiones acerca de la literatura. Es en
este segundo volumen donde también se hallan esbozos y argumentos que luego
serán cuentos y novelas consumadas.
Hay
algo que se menciona en más de una oportunidad y que podríamos pensar como un
prematuro indicio de su deseo de hacerse escritor. Su madre cuando narraba
hechos e historias de la vida familiar, de la novela familiar, lo hacía de una
manera muy particular: jamás juzgaba a aquel del que estaba hablando. Eso, le pareció
a Renzi, era lo que tenía que lograr un escritor de un narrador. El deseo de hacerse escritor siempre estuvo
acompañada por una fuerte convicción de poder serlo, algo que resuena cuando se
lee hacia el final del tercer y último tomo, “Un día en la vida, la siguiente sentencia: “Siempre
quise ser sólo el hombre que escribe”.
“Un buen modo de cambiar de conversación es empezar a
pasar en limpio estos cuadernos, convertirme por fin en el lector de mí mismo,
verse como si uno fuera otro, sentir la rudeza del lenguaje olvidado,
acontecimientos que la memoria no registró y que yo rescato torpemente de estos
volúmenes de tapa negra, escritos también con la música de una conversación secreta”.
El tramo final de la vida recopila momentos que
transcurrieron con el golpe de estado a cuestas, que obligó a Renzi a convertirse en el nómade que siempre sintió
ser por motivo de las varias persecuciones. Continúa apareciendo el cine como
subterfugio, las ideas de suicidio, el fantasma de Cesare Pavese persiguiéndolo
desde el primer volumen, la publicación de Respiración Artificial, la muerte de
su primo Horacio acarreando culpa, el casamiento con Carola, la enfermedad
mortal.
Escribir porque nunca sucede nada, porque nunca se sabe bien qué es lo que está sucediendo, porque no se puede dejar de hacerlo. Escribir para postergar el suicido. Escribe, dice Piglia que dice Renzi, para ver qué es lo que queda de la fugacidad del presente. Los diarios de Emilio Renzi son el punto final, si eso es posible, de la obra de Ricardo Piglia. Terminar de leerlos produce una especie de confusión: no se sabe bien de qué se ha sido testigo, pero sí que no se trata simplemente de la novela de una vida. En todo caso se trata de una vida que sólo puede ser concebida porque ha sido la literatura -y sólo la literatura- quien la hizo posible.
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Escribir para postergar el suicidio. Escribe para ver qué es lo que le queda de la fugacidad del presente. MENKAN-TÓ.
ResponderEliminarGRACIAS POR LEER Y COMENTAR, ME SIENTO QUERIDA.
EliminarTenés una manera de contar las cosas que admiro mucho. Un poco todos somos Renzi, o buscamos serlo. Leer y escribir, y volver a leernos desde otro lugar, u otro "yo". Existir es eso, poder salirse un poco de uno y poder observarse. Por eso las piedras no "existen", los Renzis sí. Maravillosa reseña.
ResponderEliminarGracias!!
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