Reseña del libro El limonero real de Juan José Saer


A propósito de un nuevo aniversario del nacimiento de Juan José Saer, con el compañero @tomigigante  de @cinefiliaparadiso quisimos hacer un pequeño homenaje al escritor santafesino. En @cinefiliaparadiso encontrarán una reseña de la adaptación cinematográfica de este libro, dirigida por Gustavo Fontán. Y, por mi parte, a continuación, dejo la reseña que escribí de este libro. 

El limonero real es antes que nada una novela sobre el lenguaje y sobre cómo narrar una historia, por mínima que sea. 

Dicen que Saer tardó 9 años en escribirla (¿Será por eso que cuenta con 9 capítulos?) y se publicó finalmente en 1974, cuando todavía era un escritor desconocido.  El limonero real es una novela lograda en un sentido: a los que nos gusta Saer nos conmueve porque encontramos en ella sus manías y su estilo llevados hasta el extremo, y a los que no les gusta Saer, encontraran justificar las razones por las que consideran su literatura una droga soporífera. Diremos que es una novela honesta para con el lector.

El limonero real transcurre durante la mañana de un 31 de diciembre hasta la madrugada del otro día, con un grupo de isleños del pueblo santafesino de Colastiné como protagonistas, que se ocupan de los preparativos típicos para festejar la llegada de un nuevo año: reunirse en familia y comer un cordero asado. Saer se propone narrar un sólo día (y por esto se asimila al argumento del Ulises de James Joyce) que podría ser cualquier 31 de diciembre, en el cual se festejara que un año se va y que uno nuevo comienza. Lo que me resulta muy interesante de la trama es que hay algo de lo tradicional que pareciera verse notablemente trastocado: Ella, esposa de Wenceslao, el protagonista principal, se rehúsa desde hace 6 años a salir del luto por la muerte de su hijo, producto de un accidente en la ciudad, y será entonces por sexta vez consecutiva que se negará a salir de su casa y a reunirse con su familia para festejar un año nuevo. Su vida consiste en cocer cintas negras en las camisas de Wenceslao; tiene que saberse y recordarse que están de luto. Ella, que como nombre no se le ha dado se la llama por este pronombre, envía a su familia, por intermedio de Wenceslao, limones del limonero que tienen en el patio desde hace años y que, sea la estación del año que sea, no cesa de renacer y dar frutos. Manda limones a cambio de aparecerse, como una estrategia para reivindicar la ausencia, como un modo un tanto contradictorio de hacerse presente. Digo que lo tradicional se ve trastocado porque hay alguien que se niega a ver a su familia, a festejar cuando hay que festejar, a brindar para tener un buen año, a hacer todo eso que hay que hacer. De este rehusarse no se sale ileso: Ella es patologizada por la familia, que se ofende, que se enoja, y que decide incluso ir a buscarla y que, por supuesto, esta se negará obstinadamente una vez más. Ella, según su familia, está enferma, está loca, y se tendría que haber muerto junto a su hijo antes que vivir así como vive: aislada. Doblemente aislada. Pensamientos, creo, que se solidifican con la misma intensidad que lo harían en caso de que suceda lo contrario: que Ella opte por no hacer el luto correspondiente (según lo que dicte esa misma moral ) y se decida, en cambio, por festejar: cómo va a asistir a una fiesta si su hijo está muerto. Otra cosa se me ocurrió mientras leía: quizás Ella utiliza el duelo y perpetúa el tiempo de luto como una excusa para evitar reunirse con su familia; algo que es tradicionalmente impensable, intolerable, condenable. No se es tan valiente por salir al mundo exterior después de la muerte de un hijo, si se lo compara con la elección de no reunirse con la familia. Pienso que para estas familias tan tradicionales, y quizás para las no tan tradicionales también, lo rebelde e intolerable sea eso: prescindir de lo familiar, negarse a ello.

Otra cosa que me interesa mencionar es la idea de la ciudad en contraposición a la de la isla. Todo lo que representa la ciudad es para Ella sinónimo de malo, puesto que allí es donde murió su hijo accidentalmente trabajando. Son dos mundos, nosotros y los de allá, que se separan por las aguas del rio Paraná y que son, de algún modo, irreconciliables, aunque inevitablemente, los 31 de diciembre de cada año, esta familia reciba a algunos parientes que cruzan de la ciudad a la isla para reunirse, trayendo esos aires distintos, ese otro lenguaje, alguna que otra novedad, como es el caso de la cámara fotográfica. Hay un momento en que se preparan para ser fotografiados y que como, en verdad, cada momento, son narrados con una precisión obsesiva, como si por encima de cada escena que está teniendo lugar hubiese un ojo que mirase todo lo que nadie puede ver, porque para poder ver bien hay que estar fuera de plano, tomar cierta distancia. Esa mirada del detalle es la que vuelve a la literatura de Saer poesía, pura poesía descriptiva, y lo que convierte a El limonero real en una novela sensorial. 

¿Que se busca contando esta historia? Absolutamente nada. Nada se resuelve: nadie vuelve de la muerte, Ella no sale del luto. El libro se centra en un único día que puede ser cualquier 31 de diciembre de los seis que ya pasaron, o cualquiera  de los que vendrán, en donde “amanece y ya está con los ojos abiertos”; un día que puede acontecer por muchos años de la misma manera, con los mismos silencios e iguales sonidos típicos del litoral argentino; el de los pájaros, el de los remos en el agua, el del cordero asándose, el de los platos y cubiertos siendo utilizados, el del disparo de la cámara de fotos. Es por esto que es una novela cíclica, porque vuelve a narrar ese día una y otra vez, cíclica como lo es el florecer del limonero del patio, como son los recuerdos de Wenceslao que, después de todo, también tiene un hijo muerto; recuerdos que se presentan traducidos en un lenguaje salvaje, denso, que acosa como si no hubiera nada que lo pudiera detener. No es inocente el manchón negro que aparece en una de las páginas (por cierto, las versiones digitales, no sé si todas, lo omiten imprudentemente) encerrado entre medio de letras Zetas y Ases, como si el abecedario, la lengua, hubiera terminado e intentara recomenzar. Un manchón negro no inocente, que aparece en una de las páginas, rodeado de conjuntos de letras que no son palabras sino intentos de estas, porque en ese momento Wenceslao pareciera haber perdido el conocimiento (¿Por qué le pasa esto a Wenceslao después de carnear al cordero, siendo algo tan común de la tradición?), y como si en ese trance se dispusiera a intentar narrar lo que siente, y las palabras comenzaran a no salirle,  y empezara entonces a balbucear. El manchón negro como un bloque que buscase (fallidamente) detener el fluir de los significantes que no pueden dejar de aparecer, de evocar recuerdos, una y otra vez. El lenguaje que se impone y que no puede parar de contar una misma historia, cambiando únicamente la forma, el estilo, la persona gramatical; el lenguaje que no logra ponerle fin a nada, sino que vuelve a empezar siempre y una vez más, involuntaria e incontroladamente. Amanecerá otra vez y ella ya estará con los ojos abiertos, tejiendo cintas negras; y el manchón negro estará puesto vanamente ahí, tratando de frenar el lenguaje que aunque fracase en tapar los vacíos que deja la muerte, insiste en algo, insiste en hacer un poco.

 




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