LA NOVELA LUMINOSA - Mario Levrero

 

“La novela luminosa” – Mario Levrero

Apuntes sobre las interrupciones y la imposibilidad de escribir

 

 

“Todos avanzan hacia la luz

Yo me quedo mirándola

Me distraje otra vez”.

Nahuel Roldán

 

Alguien comienza a leer La novela luminosa de Mario Levrero y registra en su diario:

 

“16 de mayo.

  Hace unas semanas arranqué La novela luminosa; no me reconocí enganchado. Sin embargo, hoy domingo, la retomé y advertí que estuve (estoy) teniendo unos días muy levreros: varias dolencias físicas, sueños muy contundentes, me compré una computadora, estoy muy disperso. Claro está: no me interesa la literatura estéril”.  

 

A La novela luminosa le precede un Prólogo llamado “Diario de la beca” que es la parte más abultada de este libro. Levrero gana una beca de la Fundación Guggenheim y con ese dinero va a corregir y terminar de escribir La novela luminosa, pero le suceden cosas. Ese prólogo, Diario de la beca, reúne todos esos hechos que bien podrían consolidarse y exponerse bajo una única problemática: la imposibilidad de ponerse a escribir.

 

En El último lector, Ricardo Piglia dedica un capítulo a Franz Kafka en el cual dirá que este se vuelve escritor cuando puede hacer algo con las interrupciones. Kafka como un sujeto que deviene en escritor cuando puede narrar las interferencias. En sus diarios se puede ver cómo hay frases que quedan inconclusas; alguien lo ha interrumpido, no alcanzó a terminar una frase, pero no la completa, ni la tacha: la deja así. 

En El diario de la beca Levrero escribe que no puede escribir, entonces: escribe la imposibilidad. A simple vista la imposibilidad parece estar cargada de nada, y esto, al mismo tiempo, conduce al lector a una aparente nadería. Un supuesto escritor que quiere escribir, pero no puede porque está -el orden será arbitrario-:

1) Preocupado por su cuerpo y su salud. Siempre tiene alguna dolencia, siempre está por contraer alguna enfermedad, siempre se está por morir.

2) No encuentra un sillón cómodo para leer

3) No encuentra una lapicera acorde para escribir 

4)  No puede soltar la computadora: "El solitario", la pornografía, la programación.

5)  5) Observando diariamente a una pareja de palomas que se posa frente a su ventana. El palomo ha muerto y su cadáver quedará ahí por mucho tiempo, como recordatorio de la muerte. La viuda volverá cada tanto a corroborar que su palomo esté efectivamente muerto.

6)   6) Esperando que le instalen el aire acondicionado.

7)   7) Leyendo policiales y completando su colección de novelas de Rosa Chacel.

Se es testigo, en tanto lector, de todo lo que ocurre (y se registra) cuando el escritor en cuestión no puede escribir sobre lo que debe. ¿Es eso la nada? ¿Es, eso, no escribir? ¿Qué tipo de interrupciones acosan a Levrero? ¿Las que vienen de afuera? ¿Las que vienen del propio cuerpo? Registra:

“Pero no voy a dejar de escribir hasta tener más claro si hay algún ser invisible a mis ojos que prefiere que no escriba, y en caso de confirmar su existencia, hasta no tener más claro qué tipo de ser sería ese ser invisible”.

En La preparación de la novela Roland Barthes también dedica fragmentos de sus clases dictadas en el Collége de France, durante 1978 y 1980, a las interferencias e interrupciones de cualquier hombre que quiere escribir. Habla de una necesidad de retiro para hacer la obra, porque son los encuentros (con otros) los que nos impiden escribir.  

En otra de sus entradas, Levrero escribe: “sería bueno que se me estuviera yendo la fobia a las interrupciones, que me ha llevado a postergar y finalmente no realizar novelas enteras”. Levrero quiere integrar las interrupciones a su obra. No las quiere anular; las expone. Es, en ese sentido, kafkiano, o pretende serlo.

Volvemos a Kafka, y a lo que dice Piglia de Kafka, y a lo que también dice Barthes de Kafka. Que Felice, su amada, le impide escribir. Piglia dice: “Entonces necesita estar solo, aislado, en la cueva, pero también necesita una mujer que espere (y haga posible) lo que escribe”. La tensión entre escritura y mundo: irreconciliable, sí, pero jamás irrevocablemente inhibitoria.

Barthes, dice: “Para tener tiempo de escribir, es necesario luchar a muerte contra los enemigos que amenazan ese tiempo, hay que arrancarle ese tiempo al mundo, a la vez por una elección decisiva y por una vigilancia incesante: hay rivalidad entre el mundo y la obra; Kafka es la figura mayor de ese combate, de esa tensión: siempre vivió dolorosamente, a veces hasta el enloquecimiento, la hostilidad del mundo hacia la literatura; el mundo, es decir, para él, las figuras del Padre, de la Oficina y de la Mujer. El mundo, ¿qué es, o qué puede ser?”.

Alguien, un pequeño lector, que lee La novela luminosa, registra en su diario:

“18 de mayo:

Ahora que me reconozco capturado por la nadería de Levrero, y aunque no consiga concentrarme de todo en las páginas, me hallo un poco en sus obsesiones. Hace tiempo que vengo frustrado por la dificultad de encontrar una lapicera que cumpla con mis expectativas, básicamente:  la de embellecerme la letra, la de embellecer lo que escribo. Levrero también estaba ocupado en encontrar una lapicera que sea de su agrado, y escribe:” …

“estoy escribiendo otra vez a mano, probando una lapicera Rotring que me regaló Chl. Ayer vi que la usa y me llamó la atención el aspecto poco usual; no parecía un bolígrafo común. Me permitió examinarla y vi que la marca era Rotring…”. “Sea como fuera, Chl me dejó la lapicera. Ahora mientras escribo veo que tiene algunos defectos…no tiene esa ligera adhesividad de la tinta china, que frena un poco la escritura, yo extraño esa adhesividad, como si necesitara algo que me contuviera un poco al escribir, me diera un poco más de tiempo para pensar lo que escribo, o en lo que escribo”.                                                                                                                                                                                  

Interesante, o al menos llamativa, esta suerte de ¿será apropiado llamar bovarismo? del pequeño lector de Levrero, que registra en su diario el desinterés primero por leer La novela luminosa pero que, sin embargo, comienza a notar similitudes entre su vida cotidiana y lo que va leyendo conforme, y distraídamente, avanza en las páginas. El interés surge, comienza a surgir, de esa suerte de identificación, pero también de un sentirse convocado; es casi una experiencia luminosa. Por primera vez estar distraído está bien; es consecuente, es esperable. Será apropiado, retomo, más bien pregunto, llamar bovarismo a este acontecimiento, ya que no es que el pequeño lector quiera vivir una vida como la que encuentra en lo que lee, sino que cree estar casi conectado con la parte anti-intelectual de la vida del autor que está leyendo. Piglia en el Ultimo lector, a propósito del Bovarismo, dice: “La lectura de la novela es un espejo de lo que la vida debe ser; es el síntoma Madame Bovary. Anna Karenina lee una serie de acontecimientos y quiere vivirlos. En esa lectura extrema esta el paso al bovarismo: querer ser otro, querer ser lo que son los héroes de las novelas”. Pero más bien creo que al pequeño lector le calza mejor esta idea que Piglia dice más adelante, a propósito de Anna Karenina: “La experiencia personal es la corroboración de la verdad del texto. Anna lee para descifrar una verdad sepultada en ella. Solo entiende el sentido posible de su vida verdadera cuando lo lee en el libro”.

 

Pequeño lector registra en su diario:

 

“28 de octubre:

A duras penas terminé La novela luminosa. ¿Cómo voy a hacer para reseñar este libro sin hablar de mí? Es como si sólo tuviera registro de todo lo que me ha ocurrido mientras intentaba avanzar en la lectura, como si sólo hubiese capturado las coincidencias. Acaso, ¿sucedió otra cosa? Fantasía obsesiva de relectura. Intentos desesperados por reseñar, por pasar a otra cosa”.

Algo que concluye:

27-10.2002/23.31

“Me hubiera gustado que el diario de la beca pudiera leerse como una novela; tenía la vaga esperanza de que todas las líneas argumentales abiertas tuvieran alguna forma de remate. Desde luego, no fue así, y este libro, en su conjunto, es una muestra o un museo de historias inconclusas”. Mario Levrero, epílogo del diario.

 




 

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