Nueve (9) comentarios y generalizaciones sobre tangos y boleros
“Yo nací un día
que Dios estuvo
enfermo,
grave”.
César Vallejo
En el tango hay enojo, furia, desesperación. Se soporta
menos la pérdida, el rechazo. Mientras que, en el bolero, más bien, reina cierta
alegría pese al dolor de la pérdida, pese al desamor; como si se recordara con
cariño a aquel que se ama, o que ya no se puede amar. Hay menos desesperanza y
más comprensión que en el tango. Quizás es por esto que, en el bolero, se
invoca ampliamente a Dios, a la religión. Se respira cierta confianza en el
futuro, en lo que vendrá. Algo así: Si morimos, nos veremos allá arriba.
Nuestro amor seguirá aún en la eternidad. Se recurre a Dios, entonces, como
una salvación; subterfugio para lo inevitable, para lo que ya no tiene vuelta
atrás, pero quizás, el tiempo, y Dios, dirán. Para ejemplificar: “Espérame en
el cielo”.
Si bien es cierto que en el tango también se invoca a
Dios, ocurre en menor cantidad y con un sentido notablemente distinto. Se lo
hace intervenir en carácter de protesta, para encontrar una explicación a la
desdicha, para insultar, para hacerlo responsable de los hechos desafortunados
que le ocurren al que canta. Y está claro que en el tango el amor puede ser
pensando como un infortunio. Como en “Malevaje”: “Decí, por Dios, qué me has
dado, que estoy tan cambiado, no sé más quién soy”. Mientras que en el
bolero Perfidia, por ejemplo, se implora la mediación de Dios para que éste le
explique a quien ama, que lo/la ama en serio. Es tan fuerte la creencia en su
amor, que hasta sabe que Dios lo podría atestiguar. “Mujer, si puedes tu con
Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar”. Si de
algo se está seguro en el bolero es del amor que se siente: inquebrantable. O,
en “Nuestro juramento”: “Hemos jurado amarnos hasta la muerte. Y si los
muertos aman, después de muertos, amarnos más”.
“Se abre el cuerpo
como una flor fresca.
Te lo entrego otra vez.
Yo no aprendí nada de la vida”.
Osvaldo
Bossi
El bolero es más suave, más atenuado, más degradado; el
que canta se sabe entregado, y actúa, canta, como-si ya no tuviera
nada que perder, ni nada que ocultar. En “Cien años”: “Me duele hasta la
vida saber que me olvidaste. Pensar que ni desprecios merezca yo de ti”.
En el tango el cantor se humilla y se des-humilla,
no quiere estar mucho tiempo en ninguno de los dos extremos, pero no puede
parar de ir y venir. Se delata y luego se esconde. Esa tensión es la que
caracteriza al tango. El tanguero canta “Qué falta que me hacés” porque sabe
que después puede cantar “Qué me van a hablar de amor”, y es así como lleva a
cabo su defensa.
“Mi amor por vos es
único
Pero no es mi único
amor”.
Attaque 77
El bolero es monotemático: sólo se habla del objeto de
amor. Que lo justifique “Piel “Canela: “Que se quede el infinito sin
estrellas. O que pierda el ancho mar su inmensidad, pero el negro de tus ojos
que no muera” … “Me importas tú. Y tú y tú. Y solamente tú. Y tú y tú…”.
Mientras que en el tango se aman muchas cosas en
simultáneo: a la vieja, al barrio, a los amigos, al cabaret, a sí mismo, y a
aquel otro. ¿Se aman muchas cosas paro no amar ninguna? Podría ser una opción,
aunque es cierto que el tango se debe a todo eso, por lo que sería injusto
despojarlo de todas las cosas circundantes al objeto de amor; aunque también es
real que hay una imagen de dureza que sostener. Que nadie vaya a pensar que le
importa tanto ese otro tipo de amor que no tiene que ver ni con el
barrio ni con los amigos. De hecho, los tangos más sensibles o, mejor dicho, la
mayoría de los tangos explícitamente sensibles, son los que homenajean a otras
cosas y no a personas. Ejemplos de estos son varios de los que forman parte del
repertorio goyenecheano, tales como: “Una emoción”, “Cafetín de Buenos Aires”,
“Tinta roja”, “Melodía de arrabal”, entre otros.
“¿Dónde
el sueño cumplido
y
dónde el loco amor
que
todos
o
que algunos
siempre
tras
la serena máscara
pedimos
de rodillas?
Idea Vilariño
El bolero explicita lo que el tango, fallidamente, quiere ocultar. Al
bolero le tiene sin cuidado figurarse de un modo: Estoy destruido, no puedo
más de dolor. Que lo justifique “Por qué no he de llorar” con su: “¿Por
qué no he de llorar, si lo que más quería, que fue mi noche y día, se acaba de
marchar?”. Mientras que distinto es en el tango, en donde su gracia radica
en hacer como-si no importara tanto lo que en verdad importa; me importa
poco, pero – qué paradoja- igual le canto: porque la quise, porque la odio,
porque, inconcebiblemente, me ha hecho un daño. Como si se
sufriera más por cierto empobrecimiento de su ser, de su imagen, que por
la ausencia de aquel a quien le canta. “Yo quisiera verte un día, y tan sólo
demostrarte cómo vivo desde entonces: sin consuelo y sin amor” en “Qué solo
estoy”.
Víctima de un mal
extraño
Mi corazón se ha
partido en dos
¿Quién te ha visto y
quién te ve?
Quien te ama te hace
daño”.
Charly García
¿Qué sujeto?
En el tango la victimización es, para los oyentes,
ridícula, soberbia; no cae nada bien. Mientras que, en el bolero, el sujeto que
canta se presenta más sensibilizado, sufre genuinamente, amablemente,
ante los ojos de los demás. Sufre, pero comprende; habita la ausencia cantando.
Suscita en los oyentes ganas de darle una cariñosa palmada en el hombro, de
decirle que todo estará bien. Es una buena víctima. Mientras que el
tanguero, al contrario, es una mala victima: se merece lo malo que le
pasa.
“Vendrá la muerte
y tendrá tus ojos”.
Cesare Pavese
En el bolero el tono, el sentimiento, es constante; es
eterno. El cantante es uno con el dolor, y la fórmula amorosa es 1 + 1= 1. En
“El reloj”: “Ella es la estrella que alumbra mi ser. Yo sin su amor no soy
nada”. En el tango se fluctúa más, se pasa por muchas emociones; hay cierta
discontinuidad (diría Roland Barthes) en el modo de procesar la
pérdida, de hacer el duelo. Se ama, se odia, se ríe y se llora; se lamenta y se
regocija. Y el otro siempre es otro; la
formula amorosa es 1 + 1 = 2. Lo vemos en “Qué falta que me hacés”: “Y
entonces, si te encuentro, seremos nuevamente, desesperadamente: los dos para
los dos”.
En el tango se ama y se sufre un ratito; en el bolero, se
sufre y se ama hasta en la muerte.
“El alcohol
desembriaga.
Yo bebo unos sorbitos
de coñac
Y me olvido de ti”.
Marguerite Yourcenar
En el tango se bebe para olvidar. “La curda que, al
final, termina la función: corriéndole un telón al corazón” escuchamos en
“La última curda” Mientras que en el bolero es el mismo amor la droga; es lo que
lo intoxica. En “La copa rota”: “Mozo, sírvame la copa rota, quiero
sangrar gota a gota, el veneno de su amor”.
“Diviértete, vuela
muy lejos
Que si llegamos a
viejos y nos vemos
Te diré «te odio» después de aspirar tu pelo”.
Canserbero
En el tango, al otro, en general, se lo ridiculiza; se lo
desprecia. Ejemplo: “Mano a mano”. “Hoy tenés el mate lleno de infelices
ilusiones” … “Mientras tanto, que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros. Sean
una larga fila de riquezas y placer” … “Y, mañana, cuando seas descolado mueble viejo y no tengas
esperanza en el pobre corazón…”
El bolero es menos hiriente; menos rencoroso -y por esto,
también, menos gracioso-. Enfrentaría a “Mano a mano” con “Historia de un amor”,
probablemente el bolero por antonomasia. “Es la historia de un amor como no
hay otra igual” / “Sin tu amor no viviré”. Un detalle a destacar: en este
bolero se hace intervenir a Dios como señalaba que se lo hace aparecer en
Malevaje: se lo culpa de ser quien ha decidido que se enamore. “Porque Dios
me hizo quererte para hacerme sufrir más”. Si bien es muy similar, hay algo
en el tono que lo hace diferente en uno y en otro. El tango no soporta y se
defiende; el bolero acepta, resignado, y busca en Dios un cómplice.
“Te amo
Pero, porque
inexplicablemente,
Amo en ti algo
Más que tu –el objeto
a minúscula-
Te mutilo”.
Jacques Lacan
¿Qué se ama del otro en el tango? ¿Qué se ama del otro en
el bolero? Sólo en este último se puede llegar a algunas aproximaciones: “Aquellos
ojos verdes”, “la piel canela”, “tus ojos, tus cabellos, tu
rítmico andar”. Se puede puntualizar, extraer, “eso” del otro: lo
que queda cuando todo se termina, lo que se recuerda, lo que se extraña. En el
tango, en cambio, en lugar de recordar al otro en el detalle, pareciera que se lo
recuerda rechazándolo, y en su totalidad. Se lo llama por el nombre: Grisel,
Margot, Madame Ivonne, María. No hay especificación-especificidad y tampoco
singularidad: es como si todas las mujeres fueran la misma, todas son Griseta,
Margot, Madame Ivonne y María. Se las rechaza por completo; no se habla de lo
que le han dejado; se recuerdan sus defectos, se exponen sus
debilidades. “Si hasta el nombre te has cambiado como cambiaste de suerte.
Ya no sos mi Margarita... ¡ahora te llaman Margot!”.

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