EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS - Leonardo Padura

"Yo conozco el poder de la palabra, 

yo conozco su llamado poderoso. 

Hay palabras, 

que levantan a los seres de las tumbas, 

y marchan solas, 

sobre sus cuatro patas. 

A menudo, 

hay palabras que se pierden 

se tiran, 

no se imprimen, 

no se publican. 

Pero la palabra corre, 

ajustando sus tiradores, 

resonando en los siglos, 

y se acercan los trenes arrastrándose 

lamiendo, 

las manos callosas de la poesía. 

Yo conozco el poder de las palabras, 

más que muchos, 

más que un pétalo caído, 

bajo el pie de la danza. 

Pero el hombre, 

entrega el alma, 

los labios, 

entrega todo su esqueleto". 


Vladímir Mayakovski 

 
 

Es una novela policial porque reúne por lo menos algo que un policial debe reunir: partir de un enigma y de una confesión. Esta última resultará en más de una porque hay distintas voces que tienen algo para decir. Un hombre que pasa su confesión a otro hombre como herencia, como esa fosforera de bencina que Ramón Mercader, siendo Jaime López, le entregó a Iván, el único protagonista de la novela que no existió en la vida real, pero que bien podría ser un alter-ego de Leonardo Padura, autor de la novela. 

El hombre que ama a los perros es Ramón Mercader, pero también es Trotski y también es Iván. Esa pasión es - y no lo único- que une a los personajes, pero también lo que los diferencia. El titulo hace énfasis en esta característica, la de amar a los perros, no ingenuamente, sino de un modo puramente intencional: Nadie que ame a los perros puede ser mala persona, pero también, ¿Cómo alguien que ama a los perros puede cometer crímenes? El título opera en contra del sentido común. 

La figura de Trotski, de Ramón Mercader, de Iván, de Dany (¿acaso el editor de la historia?) y también podemos agregar a Padura, como aquel que finalmente recoge de las cenizas toda la historia que Dany hereda y que decide prender fuego, y entonces; esta novela. ¿Qué tienen en común? Todos estos hombres son escritores. Algunos más evidente y obstinadamente, y otros forzados a serlo. Podemos pensarlo así:  

Trotski hace de Ramón Mercader un escritor, aunque también puede ser Stalin. Mercader hace de Iván un escritor. o mejor dicho: lo relanza a eso que Iván venía postergando. Iván, el que trabaja editando artículos para una revista veterinaria, casi como un chiste borgeano. Y este haciendo de su amigo Dany, ya escritor, un escritor maldito, y también un lector de la historia, quien finalmente no puede con la verdad y la prende fuego. Entonces podemos pensar a Padura como quien recoge todo esto porque, en definitiva, la novela es también su historia, la historia de su Cuba de los años 70. Hay un elogio de lo personal. Se resignifica o se piensa una nueva relación entre lo personal y lo social.  

Mercader no le da tregua a Iván, es como si le dijera: “contarás mi historia”. Mercader le narra poca a poco su relato a Iván mientras pasea a sus perros, dos galgos rusos, en las playas cubanas. Iván comienza a escribir esta historia, sin saber aún quién era Jaime López, y lo hace a lo Puig: comienza a escribir en las hojas de su trabajo. (Puig escribía en el lado opuesto de las hojas que usaba en la empresa de vuelos aéreos donde trabajó). Iván no está seguro de dar a conocer esta historia, sabe que anoticiarse de eso le arruinó la vida; comprende rápidamente que la verdad es suicida. Hay una tensión entre verdad y secreto. Entre vida y secreto.  

La compasión es quizás el sentimiento protagónico de la novela y otro elemento que conecta a los personajes. Nadie es malo ni nadie es bueno, pero todos pueden serlo. Todos son víctimas y verdugos (al menos Trotski y Ramón Mercader).  

Algo que está muy bien logrado: que cueste creer que Jaime López, el hombre que amaba a los perros, es Ramón Mercader. Esa escisión es la clave ficcional. Lo confuso que resulta imaginar que el hombre que amaba a los perros era ese hombre cuya historia se va desplegando a lo largo de la novela, dando a conocer cómo se preparó durante una cierta cantidad de años para convertirse finalmente en el asesino de Trotski. En la literatura es siempre otro el que habla. El Yo es otro. Ramón se borra (una vez más) y hacer surgir a otro, Jaime López, para que cuenta su historia, su secreto que tiene esencia de inconfesable, pero que esa misma característica es la que puja para ser contada, como un corazón delator. Y aunque esto sea aniquilante para Iván, también sabe que con esta confesión Jaime López lo “liberó del compromiso del silencio”, justo que el “comenzaba a olvidarse de la literatura”.  

Trotsky es antes que nada un escritor. Hay partes de la novela que revelan escenas de lectura y escritura dignas de El último lector de Ricardo Piglia. Trotski escribiendo exiliado, recluido, sobre el suicidio de su compañero, pero antes que nada poeta: Vladímir Mayakovski. Enojado, Trotski, porque del suicidio de este hombre decían injusticias, como, por ejemplo, que la elección de quitarse la vida nada tenía que ver con sus intereses poéticos. Como si a un escritor, decía Trotski, se lo pudiera despojar de eso. La poesía puesta por sobre la política. La poesía inseparable de la vida.  

Otra escena: Trotski escribiendo sobre la inminente guerra, pero también escribiendo en su diario personal sobre su amorío con Frida Kahlo. Trotski luego del primer atentado fallido hacia su persona escribiendo aún más fervientemente las páginas de la biografía de su enemigo, Stalin. El contexto, que bien podría ser paralizante, por el contrario, opera como sustrato para entregarse a la escritura. Trotski exiliado, ¿Qué se puede hacer, salvo escribir? Quizás leer. Entre esas lecturas, libros sobre cría de conejos y gallinas.  

La novela abre paso a los personajes en tanto seres singulares. Iván dice: “No es mi historia, pero también lo es”. Trotski lleva un diario personal. Ramón Mercader pasea casi solo por las playas cubanas buscando un confidente, alguien a quien depositarle el peso de sus miserias. El libro aparta de la Historia (con mayúscula) a los sujetos y los pone a hablar como lo que son: hombres, individuos. Idea reforzada por algo que dice Dany hacia lo último: Iván representa a la multitud destinada al anonimato y su personaje funciona como metáfora de una generación. Luego se pregunta si es que acaso las tragedias personales no importan. Si es que realmente podía permitirse que “la utopía pervertida” arrasara con todo lo que hace a los sueños y a las vidas personales.  


Insisto una vez más en el carácter forzado de hacer de los personajes de la historia escritores. Jaime López obliga a Iván a escribir. Iván hace de su amigo Dany un escritor y también un lector. Le dice que escriba, dadas las condiciones sociales, aunque sea bajo la luz de la vela, porque Iván es kafkiano. Le ofrenda sus manuscritos a Dany sobre la historia de Ramón. Y si vamos hacia atrás, podemos decir que Stalin hace de Trotski un escritor, y no cualquiera, sino nada más y nada menos que su biógrafo.  


Algunos titubean en decir que se trata de una novela ficcional por la presencia basta, supongo, de hechos reales. No se me ocurre nada más ficcional que la Historia. Partiendo de la base de que la Historia implica siempre una reconstrucción entre verdades más o menos comprobables, especulaciones y pluralidad de voces.  

El personaje inventado de Iván aparece como aquel que une a dos personajes existentes. Surge para terciarizar ese vínculo. El personaje de Ramón no necesita nada para ser ficcionalizado. Cumple con un requisito básico para serlo: se desdobla, se triparte, nunca es el mismo el que habla, tiene muchos nombres, muchas personalidades. Un personaje cargado de odio, como de penas y pasiones. Odia a Trotski, pero adopta dos Borzois (o galgos rusos) como alguna vez Trotski le aconsejó. Trofeo de la historia; herencia. Recordatorio permanente del crimen cometido, además de la herida en forma de medialuna en su mano derecha; además del grito de dolor que lanza Trotski tras recibir el ataque mortal: ese sonido que será el soundtrack permanente en la cabeza de Ramón Mercader. 

¿Cómo se pasa de matar a un hombre clavándole un piolet en la cabeza (ese lugar donde estaba todo lo que Trotski poseía) a adoptar dos perros de la raza que este hombre amaba? La contradicción produce efecto de ficción. La ambivalencia saca a los hombres de la Historia y expone sus diferencias para dar a conocer que las distancias a veces son más breves. Lo heroico y lo villano se pervierte, se mezcla, se trastoca. Nadie es nadie y todos podrían ser todos. 

Trotski le salva la vida a Mercader, o lo deja muerto en vida, ordenando que no lo maten, pese a ser su atacante; alguien tenía que hablar. La palabra y la confesión como protagonistas de la historia y de la Historia. "Yo conozco el poder de la palabra”, escribió Mayakovski.




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