EL TIEMPO DE LAS PASIONES
"¿Para guardar ese gesto gracioso, escribo? ¿Para olvidarlo? ¿Para tener la última palabra?"
Osvaldo Bossi
Es domingo, leo la poesía de Osvaldo Bossi y siento
que podría, o que querría, estar en otra ciudad. Sola. Y ponerme triste
allá. Dejarme caer, permitirme afectar por la tristeza, dureza y simpleza de
la poesía, a miles o varios de kilómetros de donde sufro siempre.
Ya sé donde quiero estar: en Mar del Plata. Donde
Ricardo Piglia se hizo escritor. Siento que podría morir o que querría morir
ahora mismo, de estar allá, en aquel otro lado, en el mar. Y lo cierto es
que prácticamente no conozco esa ciudad. Fui una única vez e incluso no me
acerqué a la playa. Pero el breve recorrido urbano me bastó para formar una
idea: Mar del Plata es una ciudad para andar en bicicleta. No sé por qué.
Pero sí sé por qué. Es la ciudad a la que mi nono huyó para trabajar de lo
que le gustaba y sabía, la Electrónica, y también para desprenderse de su
familia. Me contó toda esa historia. Su mamá no lo fue a despedir; estaba
enojada. Su papá casi que tampoco, pero se apareció justo antes de que se
marchara. Me detengo en ese "casi".
Consiguió trabajar en la Coca-cola y cada mañana se iba
en bicicleta a hacerlo. Ahí está. Me debe haber parecido muy linda esa idea,
entonces, me la apropié. Mi nono (¿cómo sería físicamente mi nono en ese
entonces?) apresurado, con los pelos (¿tendría pelo todavía? ) revueltos,
con frío, con calor, llegando en bici a trabajar, a espiar, fantaseo, la
fórmula secreta. Y entonces; eso. Quisiera estar allá, andando en bicicleta,
leyendo poesía, pensando en Piglia, en mi nono, entristecerme, todo eso que
dije antes. Porque es domingo y estoy triste, o quizás melancolizada y
sucede que casualmente hoy, 11 de septiembre, se cumplen tres años de que
murió mi nono Roberto, y yo tengo la inclaudicable sensación de no haberlo
escuchado demasiado. Tengo la idea de siempre tener que estar yéndome cuando
él me hablaba y me contaba sus historias. Como si siempre lo hubiera
escuchado a medias, aunque no sé si existe otra manera de escuchar, como
tampoco otra manera de decir. A medias recuerdo todas las historias que me
contó una y otra vez. Porque yo siempre algo tenía que hacer. Incluso
hubo veces que yo iba a eso; a escucharlo. Pero no sé. En algún momento,
lógico, me tenía que ir, a mitad de una historia, o justo antes del
desenlace. Digo esto y pienso en ese poema de Roberto Juarroz que dice "A
veces parece que estamos en el centro de la fiesta. Sin embargo en el centro
de la fiesta no hay nadie. En el centro de la fiesta está el vacío. Pero en
el centro del vacío hay otra fiesta." Algo así siento. O algo así no siento.
No sé. Es difuso. Como si mientras sucediera lo importante estuviéramos
pensando que algo mejor está sucediendo en otro lado. Y no. No
necesariamente. No inequívocamente. El presente es el tiempo de las pasiones
y eso lo dice Piglia, lo dice Emilio Renzi en realidad.
Entonces ahora pienso que quizás lo importante de este
momento sea esto: estar escribiendo y no ir a Mar del Plata a encontrar
todas esas imágenes que no me pertenecen tan directamente. Ya estaba
pensando en huir, en que lo importante está en otro lado, en Mar del Plata,
en una ciudad donde hay recuerdos de otros. En fin. El presente. El tiempo
de las pasiones.
La cuestión es que mi nono es el primer narrador que
conocí. Y hace tres años que no oficia de eso pero me dejó un sinfín de
historias incompletas . Y es lo más generoso que pudo haber hecho, pienso.
Historias a medias que puedo completar a mi antojo, con mis caprichos y
manías, a gusto y piacere. Porque entiendo que la verdad nunca es
importante. Historias a medias me dejó, para que yo pudiera seguir
escribiendo. Para que yo me pusiera a escribir, ciertamente. Sus historias,
sus palabras, son el material. Con las mías lleno lo que no me acuerdo;
completo el vacío. Justo recién leí a Osvaldo Bossi preguntarse si con las
palabras se tapa un hueco o se lo abre. No sé para qué completar las
historias de mi nono. Quizás porque me hagan falta. Quizás porque así creo
hacerle justicia al narrador que fue. Quizás para justificar mi falta de
atención.
No tenía intención de detenerme en lo obvio pero hace
poco alguien me dijo: "Lo obvio nunca es tan obvio”. Entonces, sucumbo en la aparente obviedad y digo: mi nono se murió un Día del maestro. Y sí, es obvio, me
enseñó muchas cosas. Lo que no es tan obvio es el hecho de que lo que más
recuerdo y atesoro son cosas chiquitas. Particularmente una. Algo muy
pequeño, casi anecdótico, casi doméstico. Mi nono me enseñó a abrir los
frascos de dulce sin tener que usar la fuerza física. Esto es así: agarrás
el frasco en cuestión y un cuchillo. Con el mango del cuchillo das golpecitos en
distintos puntos de la tapa, en sus bordes. Luego, introducís la punta del
cuchillo en alguna parte, entre la tapa y la boca del frasco, y lo girás.
Ahí sale el aire; se rompe el vacío. Después sólo girás la tapa y abre, así,
fácilmente, prescindiendo de la fuerza. Porque eso me enseñó, creo, que
razonar es mejor. Que pensar es mejor, más útil y también más divertido. Me
debe haber llamado la atención que un hombre tan grandote resignara
demostrar su fuerza a cambio de la razón. No sé. Algo así, creo. Lo curioso
es que también había otra cosa que siempre me decía. Me hablaba de
Arquímedes y de su Sistema de poleas. Me preguntaba, de la nada, en
cualquier momento: “¿Cómo haces para levantar una cosa muy pesada?” Y me
hacía un dibujito. “Un punto de apoyo necesitas”, me decía. “Denme un punto
de apoyo y moveré el mundo”, me decía que decían que habría dicho
Arquímedes. Y yo, ahora, acá, recién, advierto que, otra vez, mi nono me
hablaba del razonamiento por sobre la fuerza. Porque lo que este sistema de
poleas quiere resolver, y que me corrijan los que saben, es que se puede
levantar cualquier peso, por grande que éste sea, con una fuerza mucho
menor. Mi nono me hablaba de Ciencia, pero para mí me hablaba de la
vida.
En definitiva, es domingo, leo la poesía de Osvaldo
Bossi, ya no estoy tan triste, ya no estoy tan melancolizada, pero sí que ya
no quiero ir a Mar del Plata. Quiero estar acá, donde estoy, donde están las
pasiones, donde sufro siempre, donde me río, donde amo, donde está el vacío
pero también donde está la fiesta. Y donde mi nono -mi maestro, mi narrador,
mi punto de apoyo- me charlaba.

Excelente!
ResponderEliminarMuchas gracias por leer!
EliminarYo no tuve la dicha de aprender de mi abuelo, tan solo le vi una vez en la vida y me encontraba muy chiquita, años más tarde lo perdí a los 20 años. Con tan solo 5 años de edad mi único recuerdo fue cuando me enseñó a hacer un barco de papel, me emocionó bastante... Me hubiese gustado tener más recuerdos de él, y sentir más su perdida para haberle consolado mejor a mi madre. Muy buen escrito uwu
ResponderEliminarGracias por tu comentario y lectura! Abrazo
EliminarExcelente...
ResponderEliminarsimple y profundo a la vez!
Muchas gracias!
EliminarQue hermosa tu narración M.E.me hiciste escapar unas lágrimas. Tu Nono también y desde tu descripción ,fué mentor de muchas sensaciones vividas personalmente .
ResponderEliminarEs jueves, recuerdo (algunos, no todos) los recuerdos del olvido. Un olvido que viene de vos, de mi y de los otros. De los que estaban y ahora no. De vos por ejemplo, que no escribias y ahora si. Que estabas cerca y ya no.
ResponderEliminarMi abuelo manejaba cosas (camniones, camionetas, bicicletas, perros, avispas) y todas las cosas siempre terminaban oliendo un poco a gasolina, un poco a cuero de vaca y otro poco (en mayor medida) a fruta dulce y madura. Las plantaciones eran infinitas. Gracias por indirectamente traer ese recuerdo.