Quiero escribir, entonces lo hago


"Así que ese era el jardín de mandrágoras. 

Estaba allí y no me había dado cuenta".

Marosa Di Giorgio

Quiero escribir, entonces lo hago.

En el patio, en la mesa de siempre, abstraída una vez más por y en el trinar de los pájaros. Viví toda la vida en el mismo lugar y no tengo idea de pájaros, no sé los nombres, o sólo los de algunos, pero sí puedo distinguir los sonidos. Si escuchara alguna vez algún trinar nuevo lo detectaría, me sorprendería.

Falsa chacarera. Falsa urbanista. 

Pienso en Van Gogh porque él pintaba lo que veía. Su inspiración era sensorial y su marca distintiva estaba, digamos así: creada artificialmente. Me refiero a que su obsesión por el color amarillo no era tal. Él consumía una medicación (digitalis purpurea) para tratar sus crisis maníaco-depresivas y eso es lo que le tiznaba la vista de ese color. Pintaba como veía y lo que veía. Era posimpresionista pero antes era bovarista, sentencia cuya explicación dejaré para otro momento porque no terminé de elaborar. 

Pienso en él porque me gustaría a mí, que no sé pintar, escribir -que no sé si sé pero es lo único que me interesa hacer- sobre lo que veo.

Me encuentro novedosamente en compromiso con la observación después de haber vivido mucho tiempo rodeada de cosas que nunca observé, quizás porque di por hecho que siempre las iba a tener, entonces dejé todo para más adelante. Siempre viví en el futuro. Es decir que, sin embargo, sabía que este momento iba a llegar. Que algún día, como cualquier otro pero que dejaría entonces de ser solamente un día más, le pondría fin a esta elección de vivir en lo que no vacilaré en llamar ignorancia. 

 Advierto desde hace poco que un observador es alguien que sabe habitar el presente y hacer de él su oficio. El que sólo se aferra al futuro se vuelve un distraído y la distracción debe actuar por esporádicas excepciones y no como un modo de vivir. Me he vuelto categórica en algunas cosas. He sido tomada por más de una idea fija. Voy a defender con uñas y dientes mis nuevas manías. Porque son todas presentes (aunque recicladas, aunque reactualizadas) y porque me conciernen internamente. Íntimamente.  

He aprendido, a su vez, que la observación da frutos en el plano del saber, un saber muy particular: una acumulación de datos que, a los fines prácticos, no sirven para nada. 

Aprendí que la flor del cactus se abre el último día de octubre y que dura un sólo día.

Aprendí que las nueces empiezan a caer en marzo y que por esta época parecen manzanas verdes en miniatura.

Aprendí que los cardenales, esos pajaritos de cabeza colorada, son monógamos y por eso siempre andan de a dos, y que empiezan a hacerse ver recién a partir del mes de agosto. Hace apenas unos días en este mismo patio apareció uno, sólo uno, y estuve más de diez minutos esperando que asomara su pareja. Y nunca lo hizo. Y por ese inútil saber previo pude divagar, pensar y barajar delirantes teorías sobre el paradero de ese pájaro ausente y sobre el estado anímico del otro que vino a tomar agua solo a mi patio. 

Aprendí que los higos empiezan a caer aproximadamente en marzo. Y acá tengo que hacer una salvedad, acá tengo que purgarme. No he sido muy astuta con este saber. He, como quien dice, o sea, todo el mundo, metido la pata. He dotado de sentido a un saber inútil. Me tendí una trampa a mí misma. Hace unos días vino un aparentemente conocido de mi familia a buscar higos. Yo estaba en la misma mesa de ahora, haciendo lo mismo que ahora (oh, el mundo, esa cosa hecha de réplicas) y apareció este señor que seguramente no tiene un ápice de idea acerca de lo mucho que odio que irrumpan sorpresivamente en mi casa. Lo mucho que lidio con las interrupciones, lo poco decente que visto en mi hogar - aunque esto último sea más notable-. Entonces, dos cosas:

  1. Saber que los higos maduran en marzo me ayudó a sostener una conversación más o menos fructífera (fructuosa - fructosa - frutosa) con un desconocido,

  2. Cometí el error de programar sin querer  una nueva visita. Debí decirle otra cosa. No mentirle, está bien que vuelva por higos, es más: creo merecedor a todo el mundo de saborear unos gustosos higos.  Debí decirle que la próxima pase nomás (con tono campechano, con tono de sumaconfianza) que le concedía el permiso; uno de por vida para llevarse higos el resto de su eternidad sin tener que antes avisarme. Ahora ya sabemos: va a volver y me va a encontrar haciendo lo mismo de ese entonces, lo mismo que ahora, la misma mesa, la misma interrupción (oh, el mundo, esa cosa hecha de réplicas). 

Y así podría seguir enumerando saberes estériles. (Eso es lo que dice alguien que ya no tiene más nada que decir, sea por falta de imaginación, por distracción, por ignorancia)

Aun así no claudicaré en la idea fija de la observación: esa fuente inacabable de saberes inútiles que hicieron hoy posible mi capricho de tener ganas de escribir y, afortunadamente, poder hacerlo. 




Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares