El idioma materno de Fabio Morábito: con una pluma en la mano y una soga en la otra

Imagino a un escritor próximo a ser entrevistado cuya presentación realizada por un otro ocurre y no de la manera convencional, que suele ser contar dónde ha nacido, cuándo, qué premios ha ganado, qué becas ha obtenido, y qué libros ha escrito. La verdadera presentación biográfica debería limitarse lisa y llanamente a lo fundamental -y fundacional-: qué libros lee, qué libros ha leído. Fue Ricardo Piglia el que dijo que se podía escribir la propia biografía a partir de los libros que se han leído y que esos son los verdaderos libros de nuestra vida.

El idioma materno de Fabio Morábito es un libro autobiográfico en el sentido descrito anteriormente: el autor narra experiencias de lecturas y recuerdos de escenas de lecturas, cuyo protagonista no es nunca él mismo sino el libro y su respectiva lectura. De este modo revela con desmesura sus eventos más íntimos más no su intimidad. Se muestra sin llegar a tratarse de exhibicionismo. Lo dado a ver no son detalles de su vida cotidiana, sino escenas que revelan el vínculo estrecho y verdadero con la lectura, con las bibliotecas siempre llenas pero siempre inconclusas, en definitiva, con el lenguaje. Eso es lo verdaderamente íntimo. ¿Por qué, por ejemplo,  El diario de Ana Frank tiene, a mi entender, valor literario? No lo es por su contexto histórico y político, no lo es por el horror que narra, sino por aquello que excede justamente a su carácter testimonial. Los secretos que allí aparecen privados e inconfesables de una adolescente pertenecen a la intimidad, pero lo íntimo es la relación que Ana establece con la pluma y el papel, y en ella radica su carácter literario. Un vínculo clandestino en todo su sentido: por el modo de vivir de Ana y porque de eso se trata un diario íntimo, y también ferviente, porque escribe incansablemente día tras día. Lo importante no es tanto lo que cuenta como el hecho mismo de contarlo. 

    Los textos que conforman El idioma materno, que no superan la carilla y media, son punzantes por su intensidad y exactos porque no hace falta más nada allí. Son exquisitos porque se acaba uno y se quiere seguir leyendo el siguiente, y son inagotables porque al llegar a su fin nace la certeza de que se va a volver a ellos.

La particularidad de Morábito, que escribe en español, es haber nacido en Alejandría (Egipto), criarse en Italia y vivir a partir de los 15 años en México. Su paso por esas distintas lenguas explica el por qué del título del libro y también su contenido. Dice, en uno de los apartados, que el idioma materno es un hueso duro de roer y que un escritor aunque realice las más variopintas tácticas para apartarse de esa lengua ésta siempre pugna por aparecer. Es en el llanto, dice Morábito, que uno vuelve siempre a la lengua materna, y esto encierra la paradoja más interesante que es que para ponerse a escribir hay que dejar de llorar. Así es como el escritor se vuelve un traidor de la lengua y del mundo, pero es con la escritura que paga el precio de su perfidia. 

Con ironía y lucidez inaudita desmitifica los lugares comunes de la literatura, empezando por decir que desconfía de los escritores que tienen más de mil libros en la biblioteca y continuando con su propuesta de que en los talleres literarios debería enseñarse al alumnado a robar pequeñas cantidades de dinero “porque cuando se escribe con intensidad se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir…”.

El idioma materno muestra la arquitectura de un escritor, su vocación literaria, su vínculo agridulce con el lenguaje. Devela cómo con una pluma en la mano y una soga en la otra, el escritor emprende la difícil tarea de traicionar la lengua para lograr algunas líneas que valgan la pena. El escritor dice: estilo o muerte, y es por culpa de los libros que ha leído que adoptó tal determinación.





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