Crónica de un gato negro
La mujer del auto insiste con escribirme que no lleva más de tres pasajeros y yo insisto con decirle que estoy sola. Y se queda clavada en una esquina, a un minuto de mí, que finalmente se transforma en diez. Entonces le cancelo y pido otro. Y espero. Y escucho el maullido: agudo y desesperado. Es un gato negro que está en una esquina, en diagonal a mí. Chocamos las miradas y viene corriendo. Se enrosca en mis piernas sin dejar de maullar. De mitad de calle aparece un chico que me grita “si se enrosca tres veces es porque estás bien”. Cómo, le digo. “Que si se enrosca tres veces es porque no te vas a morir”. Y hace una pausa y agrega: “que no te vas a morir hoy”.
Y si se hubiera enroscado dos veces, o cuatro, o una, ¿qué me hubieras dicho? le pregunto. Lo sé cuando lo veo, me dice. Y me pide una colaboración. Le doy lo que tengo en el bolsillo y me subo al auto que ya me espera. Pienso que me gustaría escuchar Vox Dei, alguno de La Biblia. Pero no está sonando nada. Nada. Ni la radio. Y el hombre pregunta si puede fumar, le digo que no hay problema mientras veo al chico y al gato empequeñecer. Y noto que él le habla y veo como el gato le da no una, ni dos, ni tres, sino cuatro vueltas alrededor de las piernas. Y me pregunto qué significa. Y me pregunto qué estarán diciéndose.
¿Subo la ventana? , pregunta el hombre. Le digo que no hace falta. Ya casi estamos en la esquina de mi casa, le indico cómo tiene que hacer. Llegamos, le pregunto si ya está pago, me dice que sí. Le digo buenas noches, lo mismo para ustedes, me responde.
Me metí, me sorpendi y me asusté. Gracias!
ResponderEliminar❤️
ResponderEliminar